En 1942, una orquesta dirigida por Bernardino Molinari grabó por primera
vez en disco Las cuatro
estaciones de Vivaldi. Ese mismo año, la
Deutsche Grammophon publicó un álbum donde Bruno Kittel dirigía
dieciocho números de la Pasión según San Mateo de Johann Sebastian Bach.
Más allá de que dos países del Eje coincidieran en su manera de
entender la industria cultural en épocas de guerra, ése es el momento en
el que puede situarse el nacimiento de la moda que, veinte años
después, inundaría el mercado. El barroco, desaparecido del universo
musical durante doscientos años, hacía su rentrée triunfal. Detrás de
Vivaldi y Bach, las empresas discográficas debían descubrir otros
autores para alimentar el consumo. Y el personaje ideal fue un alemán
nacido en Magdeburgo en 1681, llamativamente longevo para su época
–murió a los 86 años, en 1767–, que había compuesto una cantidad
impresionante de obras. Las cuentas daban alrededor de 40 óperas, 44
pasiones (contra las apenas dos de Bach que se conservaban completas),
doce ciclos anuales de cantatas y cientos de sonatas, tríos, cuartetos y
conciertos. Según las cuentas, con Georg Philipp Telemann habría discos
de música barroca para rato.
El éxito de Telemann en la década del sesenta no fue distinto del que
había conocido en vida. Tampoco lo fueron las reacciones posteriores.
Amigo de Johann Sebastian Bach –de cuyo segundo hijo, el notable
compositor Carl Philip Enmanuel, fue padrino–, sus contemporáneos lo
consideraron ni más ni menos que el autor más importante de su tiempo.
Pero eran épocas en que no existía la idea de repertorio, y mucho menos
la de historia musical. Apenas tres años después de su muerte, Wolfgang
Mozart estrenaba a los 14 años la ópera Mitridate, Re di Ponto. Ya
sonaba otra música, y las obras de Telemann no volverían a tocarse en
ninguna parte durante mucho tiempo. Dos siglos después, mientras la moda
del barroco crecía, también lo hacía una idea heredada del romanticismo
y encarnada con perfección en el rock: la idea de autenticidad. Una
obra de arte debía ser la expresión de un sentimiento profundo,
verdadero, intransferible y, en lo posible, sufriente.
¿Qué clase de músico era ése, que parecía haber compuesto sin parar –y
sin detenerse a sufrir– durante décadas? Para la era de la autenticidad,
Telemann no era confiable. Y con la misma velocidad con que se lo había
entronizado, se lo condenó como el equivalente más perfecto, en el
siglo XVIII, de la vilipendiada música comercial del momento. Para
colmo, el veredicto se basaba en un error: el de considerar a Telemann
como un ejemplo acabado de la música cortesana y de un estilo –el
galante– que ya desde su nombre aparecía sentenciado como superfluo.
Si bien es cierto que Telemann fue uno de los más acérrimos defensores,
en Alemania, del estilo cortesano francés y de la forma musical que
mejor le servía –la suite–, sus composiciones, mucho más que a la corte,
estaban dedicadas a los nuevos consumidores de instrumentos y
partituras: los burgueses. “Los instrumentistas espléndidos que he
conocido han aumentado mi deseo de perfeccionarme en mi propia
profesión; no sólo me contenté con entender las técnicas del clave, el
violín y la flauta dulce, sino que debí interiorizarme en las del oboe,
la flauta travesera, el chalumeau (un antecedente del clarinete) y la
viola da gamba, e incluso el contrabajo y el trombón”, escribió en su
primer autobiografía, de 1718. En la segunda, de 1740, aseguró: “El que
es capaz de componer para el beneficio de muchos es mejor que quien lo
hace sólo para unos pocos”.
Apasionado por la matemática y los juegos de palabras, en su obra
aparece con frecuencia la palabra melante, a veces como seudónimo, a
veces como dedicatario y, en ocasiones, citado en algún tratado. Esa
especie de falso vocablo griego, referido vagamente al melos, era el
nombre de uno de los caballeros mencionados en la Genealogía de la
toledana discreta, publicada en 1604 por Eugenio Martínez:
“...acompañado viene el caballero / de otros doce famosos y valientes: /
de Aridano, de Escocia el heredero,/ hijo del rey, famoso en varias
gentes, / de Melante, su primo y gran guerrero...”. Si se tiene en
cuenta que Telemann tituló una de sus suites (en la que utiliza
numerosos procedimientos vanguardistas con fines humorísticos)
Bourlesque de Quixotte, es posible atribuirle cierto conocimiento de la
literatura caballeresca española (y de sus parodias). Pero melante
también era, sencillamente, un anagrama de su apellido.
A diferencia de la mayoría de los compositores de su época, Telemann era
un erudito –había estudiado leyes y aritmética, entre otras cosas– pero
por otra parte su formación musical –a la que la familia se había
opuesto– era casi inexistente: apenas las lecciones de canto de la
escuela y dos semanas de clase de órgano. Es posible que esa falta de
fidelidad a maestros o estilos específicos haya sido uno de los motivos
de su apertura estética. Además de cultivar todos los estilos usuales
durante el siglo XVIII, fue particularmente sensible al folklore y, en
particular, a las acentuaciones y síncopas de la música popular polaca.
“Una vez, durante uno de mis viajes, fui testigo, en tierras polacas, de
una reunión de 36 gaitas y 8 violines. Lo que podían inventar esos
intérpretes, improvisando mientras los bailarines descansaban, sobrepasa
casi los límites de la imaginación. En ocho días, un oyente podía
acumular ideas suficientes para abastecer a un compositor durante toda
una vida.” En obras como su Doble concierto para flauta dulce y flauta
travesera, con un sorprendente último movimiento que anticipa en gran
medida a Bartók, él mismo no dejó de abastecerse de esas ideas. Y si es
cierto que escribió mucho y que fue un maestro de las viejas formas (sus
sonatas en canon, para dos instrumentos, son ejemplares), también lo es
que, para no aburrirse, probó combinaciones instrumentales inéditas
(cuatro violines solos, flauta de pan con acompañamiento de clave, dúos
de chalumeau), fue el primero en escribir sonatas donde el clave se
despegaba del acompañamiento (bajo continuo) y pasaba a tener un rol
solista (concertante), anticipó la forma sonata que sería característica
del clasicismo y, sobre todo, cultivó la idea de la línea melódica
pura, equilibrada y simétrica, que constituiría la gran ruptura con el
estilo barroco y sería defendida por el filósofo Rousseau y el músico
Gluck.
Su credo puede resumirse en dos frases. En una aconseja así a sus
colegas: “Da a cada instrumento aquello que más le place. Para el
intérprete y para ti mismo, el placer será mayor”. En la otra explica el
secreto de su estilo: “Prefiero sobre todo los tríos; los arreglos de
manera que la segunda voz parezca la primera y que el bajo desarrolle
una melodía natural y una armonía que le sea próxima, donde cada nota
sólo pueda ser ésa y no otra. Algunos intentan halagarme con la
pretensión de que soy el primero en escribir de ese modo”.
Mientras estudiaba Derecho en la Universidad de Leipzig, Telemann fundó
el Collegium Musicum (que después dirigió Bach), donde grupos de
estudiantes daban conciertos públicos. “Siento que la música debe tocar
el corazón”, aseguraba, mientras escribía óperas para el teatro de esa
ciudad y era nombrado director, en 1703, de la Opera de Leipzig. Unos
diez años después fue director municipal de Música en Frankfurt,
director de una sociedad musical llamada Frauenstein y, durante el mismo
período, kapellmeister (máxima autoridad musical eclesiástica) en una
Bayreuth aún libre de Wagner. En 1721 comenzó a trabajar en Hamburgo y
el año siguiente se presentó para el cargo de cantor en Santo Tomás de
Leipzig, vacante por la muerte de Kuhnau. Fue elegido sobre otros cinco
finalistas, pero como en Hamburgo ofrecieron aumentarle
considerablemente el sueldo, decidió no tomar el puesto, que fue ocupado
por quien había quedado segundo en orden de mérito: Johann Sebastian
Bach. Además de dirigir la Opera de Hamburgo y conducir conciertos
públicos que reunían multitudes, organizaba actividades musicales en una
taberna llamada La casa del árbol más bajo. De esa época son su segunda
autobiografía, sus cartas rimadas a Händel ysu genial Der Getreue
Musikmeister (El maestro de música confiable), donde reúne obras de la
más diversa naturaleza, desde arias de ópera hasta fugas, cánones y
suites, para la práctica de los aficionados. Fue el precursor de varios
estilos y maneras de entender la música y, también, fue capaz de
sintonizar, como nadie en su época, los nuevos hábitos culturales de las
ciudades. Más allá de su dominio de las músicas de la corte, Telemann
fue un músico del pueblo.